Me comí las esperas que tú sembraste sobre la alfombra, no pude imaginarme la voz de tus fantasmas, no miré los colores de tu mirada inconclusa.
Sólo pude escuchar los besos que perdiste, las manos impacientes sobre lechos ajenos, la lluvia de reproches que escupiste al abismo.
Y te miré alejarte mientras dormía abrazada a la escarcha que tú me regalabas.

Y quisiste marchar sobre la escarcha roma con el primer sol. Y la espera se hizo rizo y vuelta y madrugada escuchando los besos esculpidos en nuestro propio lecho; besos anclados en el agua de una playa orillada de pedrisco y espuma.
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