Cuando era niña creía tener una amiga imaginaria, se llamaba Lucía.
Cuando crecí pensé que tenía un yo, algunas veces ese yo se colaba al otro lado del espejo.
Ahora que hace mucho que no crezco, sé que no tengo un yo, ni una amiga imaginaria, apenas tengo otra cosa que la necesidad de comunicar mi error, de abrir mis tripas de par en par y poner las vísceras a secar al sol.
Soy poco más que dos palabras lanzadas al mundo sin despegar los labios mientras en mi cabeza danzan los rugidos de un león herido al compás del viejo violín desafinado, el violín chirría, el león marca los segundos tamborileando sobre el taburete cojo y ruge sin piedad; y mientras tanto, yo sueño que soy.
viernes, 25 de agosto de 2017
domingo, 20 de agosto de 2017
viernes, 4 de agosto de 2017
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