Era un hermoso día de primavera, el campo se llenaba de color, de aromas, de vida. El hombre triste caminaba absorto en su pensamiento intentando olvidar el peso de la cadena oxidada que arrastraba. Miró desde su altura a la distancia, como buscando una ventana abierta a la frescura de la madrugada. Tan despistado andaba que no vio en el suelo la botella de cristal, y en un descuido, tropezó con ella; el hombre triste cayó, se escucho el ruido del cristal al romperse, y un crujir de cadenas le hizo pensar que por fin se había librado de ellas.
Cuando levantó la mirada, descubrió que en medio de los pedacitos de cristal en que se había convertido la botella, había un papel enrollado, y las letras de unos anhelos lejanos le saltaron a la cara, metiéndose de lleno en sus entrañas:
Me apetece sentarme en tus rodillas, perderme en tu mirada. Me apetecen tus dedos danzando por mi espalda, tus besos en mi boca... Me apeteces tú.
El hombre triste sonrió, se puso en pie, las cadenas se habían roto, efectivamente, y quiso correr en dirección a esos anhelos, pero había llovido mucho, el camino estaba lleno de barro, y él, pobre hombre triste, no tenía botas apropiadas, nadie le dijo nunca que podría necesitarlas. Los pies se le hundieron en el camino embarrado, cada esfuerzo por salir le hundía más. En su desesperación miró al cielo, la luna no se había recogido esa mañana, el hombre le rogó ayuda y ella le envió a la mejor de sus hadas de luz para que le bordase unas alas, y las bordó tan perfectas, que el hombre voló hasta esos anhelos, y enamoró a la creadora de tan bellas letras.
Y así es como fuiste engendrada, Lucía, de la más bella historia de amor jamas narrado naciste tú, Lucía. Y tu padre dejó de llamarse el hombre triste.

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ResponderEliminarPerdona, es mi creación, y no me gusta ese final...
ResponderEliminarLucía pudo ver el amor y la ternura infinita en la mirada de su madre mientras, por enésima vez le contaba esta historia...
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