A una de mis abuelas le gustaba mucho cantar, yo llevo grabada su voz en el alma, siempre es un consuelo; la otra abuela era catastrofista, o eso me parecía a mí en mi pequeñez repleta de preguntas, claro que entonces no podía usar esa palabra tan sofisticada, "catastrofista".
Mi abuela Dionisia, la catastrofista, tuvo una infancia muy difícil, nació en 1895, a los 4 años se quedó sin madre, (ella lo decía así porque la palabra muerte le daba miedo) era la pequeña de 11 hermanos y su padre la llevó al hospicio con las monjas donde permaneció 5 años, esos fueron los mejores de su vida, decía siempre, luego tuvo una madrastra, y a los 14 años la pusieron a servir, se casó y tuvo hijos, vivió una guerra; yo estoy segura de que eso, la guerra y los años del hospicio marcaron su vida, aunque la guerra fue para mal. A ella le gustaba mucho hablar de la guerra, y lo hacía como una amenaza constante sobre nuestras cabezas, y es que, quién vive una guerra queda marcado a fuego con el miedo al miedo de vivir.
Me acuerdo hoy de mi abuela Dionisia, yo me quedaba escuchando sus historias de guerra tratando de memorizarlas, para mí eran algo parecido a los cuentos de Caperucita, Blancanieves... que algún día yo tendría que contarles a mis nietos.
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