Alarga los brazos, te dije yo, y tocarás la luna con tus pequeños dedos, y tú los alargaste mirando al infinito, y rozaste mi pelo con aquel gesto, entonces, entonces fue cuando yo rocé la estrella que, por siempre, pasó a ser de los dos.
Adoro desde entonces las palabras mágicas, tus dedos y la luna.

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